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miércoles, 22 de junio de 2011

La ley del Talión

Una década después de los atentados que sumieron a Estados Unidos en una crisis sin precedentes, el pueblo norteamericano aclama la muerte de Osama Bin Laden. Su asesinato a manos de las fuerzas de élite del ejército estadounidense en Pakistán no sólo ha significado la vulneración de la Carta de Derechos Humanos. Ha puesto de manifiesto la capacidad norteamericana para actuar de manera impune en cualquier lugar del mundo.


Son cientos de miles los estadounidenses que salieron a celebrar la muerte del líder de la organización terrorista Al Qaeda como si de una hazaña nacional se tratase. Se congratulaban de un asesinato desproporcionado. Resulta paradójico. Ciudadanos del país que actúa como baluarte en defensa de la democracia y la libertad se alegran de la desgracia humana. A finales de 2001, Osama fue señalado como el instigador de la masacre de las Torres Gemelas. En 2004 reconoció de manera pública mediante un video su implicación directa en los atentados ocurridos en Nueva York.  La sociedad civil, por aquel entonces y gracias a los poderes públicos, ya había sido educada para odiar al líder yihadista, hubiese sido o no culpable. Era la excusa ideal para librar una guerra contra el llamado eje del mal. Batalla perfecta para los intereses de las altas esferas de Estados Unidos e Israel, su fiel cómplice, en un enclave decisivo: Oriente Medio.


Los Juicios de Núremberg, celebrados tras el final de la Segunda Guerra Mundial constituyeron todo un hito en la historia de la democracia. Dirigentes y colaboradores del régimen nazi fueron juzgados por crímenes de guerra y de lesa humanidad en base a sus actuaciones desmedidas durante la contienda. Muchos de los delitos se cometieron contra el pueblo judío, que sufría desde hacía ya demasiados años la tortura psicológica nacionalsocialista. Los procesos llevados a cabo en la ciudad alemana que les da nombre supusieron un ejemplo de actuación. Sentaron el precedente del actual Tribunal Penal Internacional, fundado en La Haya en 1998 y que se encarga de juzgar a personas acusadas de dichos crímenes. Detener a Osama y ponerle a disposición de la Corte de la Haya hubiese sido la solución más lógica y ejemplarizante. No para los norteamericanos.


Estados Unidos se rige por otro tipo de preceptos, más cercanos a la costumbre que a la propia ley. Uno de ellos es el ojo por ojo, diente por diente. Quien la hace la paga. Es la ley del Talión, que aparece reflejada en el Antiguo Testamento, texto clave para el judaísmo. Una idea que parece rondar demasiado a menudo por la cabeza de los altos estamentos norteamericanos y que viene a presentarse como solución para los problemas de la nación. Hasta el presidente Obama, autoproclamado defensor de los Derechos Humanos, ha variado sus convicciones una vez instalado en la Casa Blanca. “Se ha hecho justicia” afirmaba en el discurso que dirigió al pueblo estadounidense tras conocerse la noticia de la muerte de Bin Laden.


Las circunstancias del asesinato de líder yihadista aún no están aclaradas. Existen diversas versiones que las autoridades de Estados Unidos son incapaces de poner en común. Ni siquiera se ha probado de forma pública que sea Osama Bin Laden. Todo ello no hace más que acrecentar la ira de unas facciones extremistas que desean la aniquilación de Israel y de Occidente. Osama, enfermo, ya no estaba en posición de liderar ninguna organización terrorista, era más bien un símbolo. Con acciones como esta se fomenta el odio de los islamistas radicales. Un sentimiento que señala a Israel como autor intelectual del asesinato y a Estados Unidos como el brazo ejecutor.

Nadie exime de su culpa a Bin Laden. En el año 2002 afirmó: "la guerra es entre nosotros y los judíos. Cualquier país que siga los pasos en la misma trinchera que los judíos solo se puede culpar a sí mismo". Sería de necios pensar que no ha participado en los numerosos atentados acaecidos en la primera década del siglo XX. Pero también habría que serlo para no considerar inmoral su muerte. No por el hecho de haber acabado con su vida sino por cuan bajo ha caído el país más democrático del mundo a la hora de hacerlo.

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